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¿Sueles cumplir tus propósitos de Año Nuevo?



Por Techu Arranz y Gustavo Bertolotto



Nos movemos hacia delante

y nos transformamos en aquello en lo que pensamos.

¿No es hora de que nos detengamos a pensar en qué pensamos?

Donm Coyhis, indio mohicano


Hay ciertas fechas que nos incitan casi espontáneamente a elaborar un balance de lo vivido y, sin duda, el fin de año es una de ellas. Tanto si la aprovechamos constructivamente para reflexionar como si procuramos escapar de ella anestesiándonos con champán y turrón, los medios de comunicación y el entorno nos invitan a hacer un análisis del año: vemos cuáles han sido las mejores canciones, los sucesos más relevantes, las personalidades más importantes… y mientras, algo dentro también revela una sensación personal sobre lo vivido, lo no vivido, lo sentido, lo añorado, lo errado, lo anhelado….


Si bien está claro que la emoción proviene de una evaluación que hacemos de lo que nos ocurre, cómo construimos nuestros propósitos, cómo formulamos nuestros objetivos y cómo intentamos conseguir lo que queremos puede llegar a constituir la clave fundamental para llegar a alcanzarlo. Aunque muchos optan por olvidar los resultados a base de mucho ruido, compras y comidas, es importante dedicar unos instantes para plantearnos:


¿qué hago cuando quiero conseguir algo?


Cada uno tiene un patrón o estrategia interna programada por lo que ha vivido. Algunas estrategias están encaminadas a conseguir resultados, otras a no sufrir demasiado, otras a pasarlo bien ante todo. Lo interesante es que todos estos patrones son inconscientes. Nuestro cerebro toma la misma estrategia cada vez que se propone algo, y tal vez haya importantes cuestiones que hayamos omitido y que merezca la pena considerar para este próximo año si queremos pensar en nuestro futuro que, como dijo Mark Twain, es donde pasaremos el resto de nuestra vida.






Los sabios orientales afirmaron: donde está tu atención está tu energía. Muchas veces deseamos algo y sin embargo prestamos más atención a nuestra voz interior, diciendo “no soy capaz”, que al propio objetivo. Unas veces nos proponemos objetivos tan grandes y tan abstractos que están abocados al fracaso antes de ser conseguidos, y esta es una de las formas inconscientes que tenemos de boicotearnos. Otras veces ese objetivo tiene repercusiones tan relevantes en nuestro entorno —que no hemos contemplado— que cuando lo conseguimos es como una patata caliente en nuestras manos y nos damos cuenta que, en realidad, no era lo más ecológico para nuestras vidas.


Richard Bandler y John Grinder, creadores de la Programación Neurolingüística —PNL—, utilizaron sus técnicas para descubrir el secreto de los hombres y mujeres que habían alcanzado sus sueños y sus propósitos. Un factor común de todos ellos era que la mayoría dedicaba tiempo y análisis profundo a formular y aterrizar sus sueños en deseos, sus deseos en proyectos y sus proyectos en objetivos claros y concretos, capaces de cumplirse en un tiempo y espacio bien definidos. Haciendo una síntesis de todas las técnicas que empleaban generaron “la buena formulación de objetivos” una lista de preguntas para evitar omisiones importantes, para saber si realmente quieres lo que pretendes querer y si realmente es posible que lo materialices en la forma y el tiempo que deseas.


También se dieron cuenta que una de las claves más importantes de todas estas personas de elevada eficiencia y categoría humana era que sus objetivos no estaban aislados, sino que se dirigían todos hacia una dirección común, hacía una misión o un gran valor que daba sentido a su vida. De este modo los objetivos eran como las perchas que colgaban de la cola de la estrella del propósito que guiaba su vida y la persona se sentía cada vez más “integrada” conforme iba cumpliendo sus objetivos.


Cuando nos mueven nuestros deseos y perseguimos objetivos que nos llevan en direcciones opuestas y a los que nos dirigimos indistintamente sin orden ni prioridad, podemos correr el riesgo de terminar confusos y mareados (des-integrados), como aquellos que juegan mucho tiempo a la gallinita ciega y que terminan por perder toda la referencia de donde realmente están y donde están los demás.







Otra dificultad importante para los adictos a las cestas de navidad repletas de proyectos —cuyo fin es únicamente un chute para sentirse bien en el momento que están formulando—, es bajar a lo concreto, a los límites, al cómo y al cuándo. Se emocionan con palabras grandes como unidad, felicidad, integración... sin embargo, no tienen intención alguna de abandonar sus “programados” patrones de inacción por abstracción para ponerse a materializar alguna cuestión concreta que les haga salir de su zona de comodidad incluso aunque lleve a la Felicidad.



Después de todo lo dicho, en vísperas del nuevo año ¿Cómo podemos ayudarnos y ayudar a otros con la PNL?


· « Cuando alguien expresa con firmeza: —“Mi propósito de este año es ser feliz”, tú puedes preguntarle: —“¿y qué significa para ti ser feliz?”. Muchas veces la persona comenzará a hacer una descripción de la sensación que relaciona con la felicidad.


· « Tú le vuelves a preguntar: —“¿y cuando sientes esta sensación?” —“Cuando estoy con mi hijo, cuando voy a la naturaleza y cuando estoy en silencio”, pueden ser las respuestas.


· « —“¿Sueles hacer estas 3 cosas a menudo?” — Pues no mucho, tengo mucho trabajo, estamos abriendo una empresa, bla, bla, bla.


· « Puedes continuar preguntando: —¿Estás dispuesto a dedicarle tiempo a estas cosas que te llenan de plenitud? ¿Qué día de la semana puedes estar con tu hijo a partir de ahora?


Después de este aterrizaje a base de preguntas llegaremos a vislumbrar si el objetivo era sincero o si era mera “decoración de interiores”.


Tener una dirección clara que oriente nuestros pasos es un principio de orden y armonía que puede cambiar nuestra vida. Cómo construimos nuestros propósitos y cómo formulamos nuestros objetivos es la clave fundamental para llegar a alcanzarlos. Algunos sueños no cumplidos, tal vez, no dieron con un due